El desorden aturde los ojos. La sensación incómoda del estorbo a cada paso que se da, el olor a encierro aunque no hay vidrio en las ventanas, las cenizas indisimulables en el negro de la madera del escritorio, los esqueletos de las tomas que nunca me salieron como yo quería, las migas del desayuno que esperan que alguien las sacuda del repasador, la toalla húmeda hecha un bollo arriba de la cama; los platos están sucios y aunque desde acá no se ven, yo se que están.
La copa de vino que te estira la mano y promete ayudar sin decir nada; una mosca que se burla y lo viene a arruinar...
viernes, 19 de febrero de 2016
El riesgo de salir
Organizo mis sueños en medio de un humo negro que me envuelve y me toca el hombro y me avisa que no hay quórum para el próximo Dios.
Abro un libro lleno de tierra esperando que el azar de sus páginas me tire una indirecta y, a modo de reflejo y cansada de la rutina, se aparece una mueca a medio sonreír y mis manos la acompañan cerrando lo que no me dio la ayuda que esperaba; el horóscopo de las bibliotecas puede aprender a doler.
El café se seca en los bordes del jarrito, como cuando los besos ya no saben besar y tienen que agrietarse en invierno para recordar el calor de la sangre.
La ciudad está desierta, ya no queda nadie vivo a las horas en las que me decido salir a vivir,
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