domingo, 30 de octubre de 2016

Tal vez. No se...

Cuantas mentiras guardan mis recuerdos y en cuantas fotos que me han sacado puedo no reconocerme como yo misma.
He sido motivo de trazo para nuevos escritores, un lienzo en blanco para aquellos que me retrataron, un negativo que siempre quedó en negro y blanco, y aún así me creo incapaz de transmitir emociones; no propias, sino incapaz de decir lo que siento que digo, pero con las palabras justas para que los lejos se queden donde están, los cerca abracen más fuerte, el pasado se quede en su lugar y el futuro no me abofetee la cara con preguntas sin antes escuchar mis respuestas.
Me han copiado, han usado palabras que yo misma usé de otros, han recorrido mis pasos como queriendo sentir eso que siento y que jamás podrán entenderlo. Escribo y me pregunto que será de la pila de textos que vengo cajoneando y que ni se por donde empezar a editar. Y las ganas? Mejor ni las nombremos. Que pasó con todos los que estuvieron atentos a mis palabras, los que pedían más, los que querían conocer, los que peleaban, los que gritaban, los que amenazaban, los que lloraban también.

Tal vez. No se...

lunes, 26 de septiembre de 2016

El rescate de los cerca

Las mismas palabras, el sinsentido que queda en la boca después de entender que del mate lavado no pueden salir mariposas.

Los consejos que agobian, repetir las palabras que nos describen de memoria lo que alguna vez ya pasó y que, a esta altura, deberíamos saber como salir de esta, pero nada, la eterna adolescencia que duele más por las noches, cuando se sabe todo y nada se supone, cuando te duelen los fantasmas del pasado que no viviste y que de tanto detalle que tuvieron al contarlo, lo volvés propio y aterrador.

El vino no se puede tomar, está ahí mirando como si quisiera conquistarme pero tiene miedo de correr el riesgo, de saber que de un sorbo voy a terminar con él, casi como hicieron conmigo, pero sin dejarme reposar.

Del amor propio ni noticias, pesa más el futuro austero con el que me estoy por enfrentar que cualquier síntoma de supervivencia. La inercia de respirar, late por latir, la careta que me pongo en las reuniones que quiero evitar y que es imposible en épocas donde todos celebran la vida, mientras yo me pregunto como salió Racing porque me quedé dormida cuando empezaba el partido.

Las mentiras, las promesas sin cumplir, el olor a la traición recorriendo los mismos bares de San Telmo.

Los más cerca me conocen de memoria, estiran las manos, marcan números, putean a mi par, lloran conmigo porque saben que cuando me duele algo siempre digo la verdad,
Proponen, preguntan, y yo nada, acá, acumulando flores y saludos, esperando que los lejos me vengan a salvar, sin razonar que el rescate empieza por uno mismo.



jueves, 8 de septiembre de 2016

Llovía y no era jueves...

Otra vez el error, la mano en la herida haciendo presión evitando el desangre, evitando mirar y que miren; total acá nadie se da cuenta, el que sabe mirar puede ver hasta donde me calan las lastimaduras, y el que no...el que no sigue de largo.

Hay gente que te obliga a levantarte. Casi como amenaza te levanta del sillón con un mensaje, y aunque está en uno el moverse o no, te moves igual, aunque no querés, aunque sabes que el frío duele, pero no tanto como lo que escondes; te moves porque sino te volves a hundir.

Llueve y hace frío, y ni siquiera es jueves, pero viene lloviendo por si te olvidaste que la lluvia te solía proteger, que afuera del refugio la vida también pasa para el resto, y que no hay nadie esperando que cambies de decisión, que nadie te va a salvar, que ahora cada vez que llueve: es lluvia nada más.

Estás sola y en casa no hay café.

Y entrás al lugar, te reciben con una directa pidiendo explicaciones sobre que es lo que pasa, y no te salen las palabras porque no creíste volver a tener que explicar, porque ya te habías olvidado de como se empiezan y como se terminan las cosas. Suena el timbre, te salva del silencio.

En la radio se escucha a Joaquin diciendo por lo bajo que llueve sobre mojado...y que bla bla bla, y que cada cual por su lado...


viernes, 19 de febrero de 2016

Aprender a nadar

El desorden aturde los ojos. La sensación incómoda del estorbo a cada paso que se da, el olor a encierro aunque no hay vidrio en las ventanas, las cenizas indisimulables en el negro de la madera del escritorio, los esqueletos de las tomas que nunca me salieron como yo quería, las migas del desayuno que esperan que alguien las sacuda del repasador, la toalla húmeda hecha un bollo arriba de la cama; los platos están sucios y aunque desde acá no se ven, yo se que están.
La copa de vino que te estira la mano y promete ayudar sin decir nada; una mosca que se burla y lo viene a arruinar...



El riesgo de salir

Organizo mis sueños en medio de un humo negro que me envuelve y me toca el hombro y me avisa que no hay quórum para el próximo Dios.
Abro un libro lleno de tierra esperando que el azar de sus páginas me tire una indirecta y, a modo de reflejo y cansada de la rutina, se aparece una mueca a medio sonreír y mis manos la acompañan cerrando lo que no me dio la ayuda que esperaba; el horóscopo de las bibliotecas puede aprender a doler. 
El café se seca en los bordes del jarrito, como cuando los besos ya no saben besar y tienen que agrietarse en invierno para recordar el calor de la sangre.
La ciudad está desierta, ya no queda nadie vivo a las horas en las que me decido salir a vivir,