La costumbre te acercaba más que el amor, buscabas en mi boca lo que mis ojos ya no te daban; mirabas otros cuerpos donde encontrar las ganas que te fui sacando con cada palabra equivocada; te solté de un tirón las manos cuando quisiste acercarte alguna vez, porque siempre fui así, porque nunca me detuve a entender, y ahora que lo entiendo y que te lloro e imploro en cada noche que no estás, quisiera volver la razón y el tiempo atrás para quedarme, para agarrarte: para pedirte perdón.
Esta espera absurda, la esperanza puesta en la nada, el tiempo que pasa y yo que te extraño igual que ayer. Las miradas que no supiste esquivar, el silencio que te hace ganador; la libertad de no sentir amor, ese espacio vacío que nada toca ni nada rompe y que está latente al próximo cuerpo que vas a conquistar.
La maravilla de haberte conocido, una bendición tras otra con cada vino compartido, y yo luchando en cada copa, que ahora tomo sola, contra el olvido de tu nombre.
Como pesa tu olor, las manos ásperas, el nudo en la garganta cada vez que me preguntan por vos y ya no se como mentir. El ruido del motor en el portón de casa que cuando salgo a ver, lleva amor a otra puerta. La rutina del camino al trabajo, en donde en cada esquina pienso que vas a estar ahí, esperando, como si fuesen capaces de manifestarse entre nosotros los milagros.
Lo ridícula que me veo llorándote frente al espejo, la culpa que me arrastra en cada recuerdo, las cosas que pienso que crees que estoy haciendo por no saberme quien soy.
La tranquilidad de haber aprendido a amar...